Tuesday, July 24, 2012
Nochecita de Caballito.
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Esto es ficción rebelde de la buena pero con una sobredosis de realidad que casi me mata: Resulta que el otro día esperaba el colectivo. Era de noche. Tipo diez. Nada particular. Una nochecita de Caballito bastante agradable para ser invierno: Calorcito suave, chicas en pollerita, chicos contentos, niños correteando junto a sus papás. Buena onda.
Para dar más data puedo decir que estaba cerca del Parque Centenario. Al norte (avenida Angel Gallardo y Juan Ramirez de Velasco). Decía yo que esperaba el colectivo paradito en la esquina como un mamerto. La vida del pobre tiene esa lotería de ver si el bondi viene lleno, vacío o con un asiento para el cuerpito de uno. ¡Nos conformamos con tan pocas cosas los pobres!
El tiempo corría y el 141 no venía más. Me dedicaba a mirar el ir y venir de las chicas para pasar el rato. Mi vista se iba con ellas y mi imaginación también al tiempo que mis piernas se quedaban duras de tanto aguantar la tardanza de ese rectángulo rojo motorizado que termina en Puente La Noria. ¡Siempre lo mismo viejo!
Los autos se iban por Angel Gallardo. La envidia se me venía al corazón. Me soñaba como un pequeño burgués con su autito financiado en veinte mil cuotas de cinco pesos. Me veía volando por las avenidas porteñas junto a una hermosa copiloto. Una experiencia totalmente refrescante. Una menta que viaje a la velocidad de la luz.
A esa hora el hambre se convierte en pánico. Sentía miedo de morirme de hambre. No sé si morirme pero que me baje la presión seguro. Y como uno es pobre nunca tiene plata en el bolsillo para comprar nada. El hambre acompaña al pobre a todos lados. Incondicionalmente. Siempre. Se llama dieta involuntaria.
Se mezclaba todo en esa parada de colectivos: lujuria, envidia, gula, pereza, irá, avaricia y soberbia. Ya expliqué la lujuria ,la gula y la envidia. Solo me falta decir que ávaro es el sistema que no te regala ni un cacho de pan para engañar al estomago. Y perezoso es el chofer de colectivo que se queda hablando con su amante de Plaza Italia mientras la gente espera a los Reyes Magos en todas las esquinas de la ciudad. Soberbio es el burgués que pasa con su autito salpicando el agua de un charquito no deseado (mis pantalones mojados por el barro y el conductor que se mea de la risa). Irá me da pensar en todas estas cosas.
La calma que antecede a la tormenta. Tensa calma.
A la velocidad del pensamiento pasaron dos jóvenes varones arriba de una moto voladora. Casi se suben a la vereda. Se puede decir que me afeitaron de tanta cerca que me pasaron. Una locura total. Pensé que estaban apurados por llegar a la casa de uno de los dos para encontrar al pata de lana y darle muerte (tal vez ya lo habían matado y se estaban dando a la fuga). Chiste misógino. La realidad es otra...
La policía vino detrás: El patrullero con la sirena cantando a grito pelado y el coche destartalado de la brigada dejando la vida en cada metro. La gente señalaba el camino de los prófugos. Motochorros que nunca salieron en los medios. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Los agarraron? ¿Se escaparon? ¿Qué hicieron en realidad? Tal vez nunca lo sepa. Yo solo sé que el colectivo tardó cinco minutos más en venir.

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