Sunday, June 9, 2013
En una calle.
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Los paisanos
En una calle cuyo nombre quiero guardarme me encontré con un amigo llamado Pushkin. Yo tenía plata, miagro de Dios, y lo invité a tomar un café. Nos fuimos para lo del boliviano y nos sentamos en las mesas que están en la vereda. El bolita vende cosas muy ricas y es muy buen pibe. Yo le haría publicidad pero creo que sería cortarle la magia al relato. Quizás alguien sepa de lo que hablo. El que sabe vaya a lo del boli a comer o recomiéndelo (esta digresión podría traicionarme con tal de morfar un chegusan de milanga). Punto. Estaba yo con mi amigo tomando un cafecito y charlando de la vida. Buena onda, la mejor.
Nos pusimos a hablar de la vida suburbana, de los negros que te cogen en medio de la noche, de los chorros, de la poesía de la vida, de la filosofía burguesa, de Dios, de las mujeres, de todo, de nada, del a todo o nada, de las naderías y el nihilismo. Hablábamos a más no poder. Clásica costumbre porteña de tomar un café y charlar por charlar. Aquel que no va a los bares pudiendo ir no es digno de esta bella ciudad. Esos son los burguesitos pelotudos que se quedan amargados en su casa sin saber lo que pasa. Esos no tienen aguante, son todos vigilantes. ¿Quién recoge el guante? Como recoger, nosotros nos recogemos a las hijas y esposas de los burgueses pero no es culpa nuestra sino que las yeguas nos tientan y nos condenan a perdición eterna.
Hablando de hembritas burguesas, ahí nomás pintó la judía con sus dos tetas enormes. Un espectáculo de culo, pechos y labios. Magnifica como una milanesa con lechuga, tomate, jamón, huevo frito, huevo duro y panceta (más un guiso que un sanguche). Divina la piba. Venía caminando frente a mí. De golpe y sin porrazo (bah, no sé, tal vez se fumó uno antes de salir) se metió en un negocio de no sé qué. Estuvo ahí adentro un largo rato. Quizás quería esquivarme, hacer tiempo hasta que nos fuéramos a la mierda. Yo no me iba a ir y mi amigo tampoco. Entre una cosa y la otra seguimos la parla pero yo me había puesto más colorado de lo que soy. Chorreaba la gota gorda y la sangre me apuñalaba el cuore. No daba más.
En un momento imprevisto o previsto pero sí muy bien visto, salió la rusita junto a sus dos enormes tetas. Pasó casi en medio de la calle con tal de esquivarme. Prefería que la pase un coche por encima antes que mi mirada lujuriosa la atropelle sexualmente. A pesar de haberse bajado de la vereda pasó a medio metro de donde yo estaba. Grité su nombre y le pregunté como estaba. Me saludó con frialdad típicamente judaica y encaró para el supermercado (se ve que tenía que hacer las compras). Lo gracioso es lo que me dijo Pushkin luego de tamaño desplante: "Seguro fuiste muy hijo de puta con ella para que te trate así". Le dije que yo nunca le levanté la mano y nunca le fui infiel, que siempre la quise y siempre la querré. Luego me di cuenta de que mi error fue ese, quererla demasiado. No importa. Yo sé muy bien que el día que tenga plata se la voy a ir a comprar al padre según la antigua usanza de mis antepasados hebreos de Sefard.
Pushkin y yo seguimos tomando café y hablando de minas y milanesas...




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