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Sunday, December 29, 2013

Del despertar.

         







            Hay hambre en este frío despertar sentimental. Hambre de gloria, hambre de sucesos. Los cabellos me fueron revueltos por el huracán de dos o tres sueños perdidos. Me encuentro ahora a la putita de la otra vez y la miro de revés desde mi solitaria mesa sin café...
           Ya no está la fatiga que mató durante media hora. Veo todo borroso. De repente alguien me habla con su silencio. Me dice que me mueva y yo le digo que se mueva con la mirada. Finalmente se van antes de perecer ante mi vista.
            Más veo yo a la putita de tapado negro que al idiota que se fue. Hay que dejar que el enemigo se marche. Estas guerras de ahora son estrictamente metafísicas. Hay olor a ascetismo en el ambiente cortado por un sutil perfume de madera: me siento tocado por el calor de muchos muebles y muchas prendas. Un afuera en el adentro. Allá el viento y acá la tinta...
            Algunas columnas de moco se derriten a mi alrededor en este instante seco de matar bichos con la verde ojeada. Las relucientes baldosas naranjas son pisadas por varios jóvenes aunque yo anhele la quietud con toda el alma. Nadie va a fijarse en qué pienso.
            Podría salir del plano de la contemplación, del odio, del mirar y de la soberbia fría como el metal del mar pero me quedo acá. Me miro y me río. Podría robarle un beso a la puta de la otra mesa pero iría preso por no querer devolvérselo (bien querría vérselo pero su corazón está escondido en una bufanda verde que se enredó en sus pechos de marfil).

             - ¡Fuera! - me gritó bien fuerte la hija de puta cuya serena altivez de áureo rostro muy turbado me dejó. Sin embargo, yo permanecí en mi lugar con el afán de violar, de ultrajar su voluntad. Por miles vinieron los machos alfas pero yo aniquilé a todos esos salvajes animales. Inteligencia de hombre.
                No alcanzaron a conmoverme las solas lágrimas de la ramera altanera, esa cuya paga es un noviazgo a cambio de la vanidad social de figurar como el rey del lugar. Yo me planté en mi brillante mirada sacerdotal y rechacé con fe de mártir los dedos acusatorios de la chusma. Iban y venían muchos mas ella y yo continuábamos el duelo...
                Desde ese momento me supe fiel a mi soledad y no acepté la mala compañía de la loca histérica que me quería ver morir. No sé cómo pero el futuro se anuló un instante por el enredó de dos ayeres cinco pesares y algunas confusiones actuales.
                No sé, no sabe. Ella se suicidó en un vaso de cerveza pero reencarnó en una resaca tardía de martes por la tarde. Y yo escribo mientras me río de los toros bravos que maté por la sola fuerza de mi ingenio. Desenlace gris rosáceo...

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