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Wednesday, July 10, 2013

Lejanías y perspectivas...

      




        
         


          La otra vez vi a la chica hippie que tanto me gusta, "la otra vos". Digo así porque es como vos pero más floreada y buena, más bucólica. La vi rodeada de colores y de flores cerca de un muro gris. Podría dar un detalle que la describe muy bien pero quiero respetar su anonimato. Solamente diré que es como vos pero más alta, con los encantos todavía más grandes y más voluptuosa desde todas las perspectivas posibles. Cuando hablo de vos la gente sabe que me refiero a la mejor invención de mi mente: una chica rebelde, atea y comunista hija de la burguesía y dueña de una mirada clara como la Europa Oriental que alguna vez te trajo hasta acá en un barco (de seguro tus antepasados escapaban de un monstruo temible de esas lejanías sin tiempo). Sí, esa chica es como vos pero en una versión mejorada. Tan buena y tan oriental como vos pero un poquito más alegre y colorida. Una primavera hecha mujer. Cada vez que la veo me enciende la cabeza con el anhelo de besos secretos y amores perpetuos. Yo le cambiaría algunas cositas del vestuario pero no es mi muñeca como para que yo la modifique a mi antojo. Es un ser que vaga libre llevando sus arco iris por los más bajos grises de esta sociedad de genios muertos e idiotas vivos y avivados.
         Tuve que hablar de ella antes de que se muera en el limbo de mis ideas jamás escritas. Son más las cosas que uno olvida que las que consigue escribir. Ruego a Dios que me dé memoria ya que el Señor vale más que todas las musas juntas. Atendiendo a este combate contra el Paganismo, seguiré invocando la protección de Cristo y de Nuestra Señora la Virgen de Luján. No sea cosa que una musa de piedra esconda un pozo que da de lleno al más hondo de los infiernos. No niego la belleza de los ídolos pero son bellos en tanto creación de hombres. Asumir la divinidad de las obras de un hombre es negar el origen de las cosas y el destino que tendremos luego de esta existencia terrena. Los caminos de este mundo fueron ganados por el barro. A pesar de la tierra que detiene los pies y las ruedas del carro, todos los caminos conducen a Roma. Vano es pretender librarse de la mirada del Altísimo que dirige las Milicias Celestiales y los ejércitos angélicos. Contra todas las tribulaciones de esta vida hay que oponer la Fe en el Dios del Cielo y en su Hijo muy amado. De la Divina Providencia vendrán todas las fuerzas necesarias para vencer en la batalla final de todos los tiempos...
        Para conocer la verdad de la vida es necesario pasear por los laberintos de la muerte. Solo así se consiguen las respuestas que buscan los jóvenes corazones hostigados por las demasías de nuestros días. Yendo por el camino de los muertos llegué al final del enigma y me encontré con una fuente de sabiduría: De Dios venimos y hacia Él vamos. Antes de que nosotros fuéramos cuerpo, el Señor ya tenía el alma de cada uno de nosotros entre sus manos. Antes de nacer ya éramos. En medio de la marcha de esta vida, en medio de mil reflexiones, encontré con la mirada, a la salida del Cementerio de Flores, casi llegando a las vías del Premetro, una vista gigantesca del Elefante Blanco de Ciudad Oculta. Puede parecer una trivialidad esta contaminación del urbanismo en páginas que acarician la mística de los Santos pero es fascinante ver lo chico que es el mundo. De un lado de la ciudad se puede ver el otro lado. Uno cree en la enormidad de las distancias, las manzanas, las cuadras y las vidas interpuestas como murallas humanas que separan barrios y calles escondidas. Sin embargo, levantando la cabeza, mirando adelante, se puede ver el otro lado de la urbe que nos contiene. Es una manera de sentir la finitud de nuestra patria chica que se cree infinita.
         Arriba de estas ciudades terrestres, arriba de estas vidas mundanas, existe una Ciudad Celeste que espera por todos nosotros. Si los habitantes de estas moradas duras como piedra contemplaran más el arriba, de seguro que el cielo nos parecería un lugar más cercano. Entonces, sintiendo el aliento de Dios, podríamos convertir esta tierra en una perfecta imitación de lo que sucede sobre nuestra cabezas. ¿Por qué no podríamos ser puros como los ángeles? Hemos sido ya más soberbios que los mismos demonios, ángeles caídos que solamente se levantan en rebeliones mas nunca se alzan con la fuerza de la redención y el amor; postrados en su vileza, levantan sus guadañas con temibles manotazos de ahogado arrebatados a la desesperación del momento. Nada nos tiene que separar de lo que tenemos arriba. Hay que buscar la cima del universo pero no con una babélica torre sino con las rodillas en tierra y una mirada suplicante. El perdón es el premio que Dios da a cambio de la humildad. Confiados en la Misericordia de Cristo, podremos vivir esta vida en paz y sin rencores, haciendo de la Argentina una patria celestial como su bandera y como el manto que envuelve a Nuestra Señora de Luján.
  

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