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Monday, July 15, 2013

Sueños locos III (los comerciantes).

     





      
        Vamos a toda velocidad esquivando la mentira de la otredad, va: Iba yo caminando por las emputecidas calles de algún barrio medio burgués como Floresta o Villa Luro. En el camino un tipo medio italiano de pelo negro y ojos marrones alcanzó a darme un volante, una publicidad en papel, de no sé qué. Junto al tipo cuarentón se hallaba una vaca adolescente de industria nacional, bien argenta la lecherita. Además de darme el folleto con la fórmula mágica para no sé qué cosa, me dieron dos cigarrillos finitos como agujas. Yo no fumo pero encendí esas dos muertes en simultáneo y me fui pitando bajo el poco sol de esa tarde frígida y amargada. En un momento, luego de haber caminado algunas cuadras, llegué a una esquina de un a manzana irregular, triangular; una punta de flecha cuyos lados eran norte y sur. Yo tomé el lado sur, como siempre. Pero me di cuenta de que me estaba siguiendo el flaco con la gorda de tez trigueña. Yo iba fumando esos cigarrillitos de homosexual y me sentía molesto al verme con marca personal. Obvié la dirección meridional de mis pasos y me paré en la esquinita mágica, en la punta de la punta de la flecha. Escondido en el umbral de la casa esperé a que el tipo pasé con la triste mujercita de ojos oscuros y pelo pintarrajeado de amarillo con brillantes raíces negras. Pude emerger del portal de la vivienda arrojando golpes sobre la humanidad de mi perseguidor. Yo sabía que este hombrecillo me quería chantajear o hacer algo malo. Le di una paliza espectacular. Le inundé la cara con piñas pesadas, piñas que matan y hacen morir. Una vez en el piso pude haberle pateado la panza pero me dio lastima. La mujerzuela que estaba con él lloraba. Decía que ella era indigente y que él la estaba ayudando.
         De golpe y sin porrazo, o con muchos golpes y porrazos para el improvisado comerciante, pobre vendedor de humo, me hallé yo compareciendo ante un rabino en su oficina. Creo que el hombre de barbas blancas era, además de religioso, un administrador de la justicia. En el final de los tiempos las sinagogas serán más que los tribunales ordinarios. A mí lado, como querellantes, estaban la gorda y el flaco con la cara rota. Yo era un joven sacerdote, recién salido del seminario. Por eso traté al rabino de colega y este no aceptó ese trato. Su soberbia lo pudo. Luego me amonestó por haber golpeado al pobre sujeto. A pesar de todo, a pesar de las leyes, la urbanidad y la moral, se pudo comprobar que el tipo se dedicaba a estafar a la gente junto a su compañera impresentable. Lo bueno es que todos salimos ganando: los dos estafadores recibieron un trabajo por parte del judío y este último me declaró inocente. Nos dijo a todos que no hagamos lío y que no vayamos nunca más a molestarlo so pena de cárcel y terribles tormentos. Agradecido por el juicio salomónico y benigno, yo valoré las formas seculares de quién podría haber dictaminado de otra manera y no me retiré sin antes dar las gracias. El sabio, a pesar de ser contrario a mis creencias, reconoció mi honestidad moral y me despidió con las manos llenas de comida y una carta de recomendación para poder circular por todos los caminos del mundo. Se diga lo que se diga, creo yo que ese rabino es un muy buen tipo. Sospecho que es tan bueno que en cualquier momento querrá convertirse al Catolicismo con tal de ser mi compañero en la ardua tarea de evangelizar. Sueños locos III (los comerciantes)...

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