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Saturday, August 31, 2013

El regreso del tecnógrafo (el arroyo Cildañez).

      
 
 
 
 
 
 


         Hoy quería compartir con todos ustedes, estimados y no tan estimados lectores, un texto que me mandó mi amigo personal Alexander Pushkin. Es cierto que yo no lo escribí pero soy protagonista de esa historia así que, de alguna manera u otra, soy también autor y bueno, como decimos los de Letras, somos todos escritores en mayor o menor medida. El toque personal del muchacho es evidente de todas formas. Aquellos que me leen saben de mi realismo crudo. Lo que les presentaré a continuación encierra cierta tonalidad metafísica que me es muy ajena. Soy hombre católico, de fe, pero no conseguiría jamás la profundidad espiritual de mi inseparable compañero de aventuras. A él le doy las gracias por permitir que lo publique y a ustedes les agradezco su compañía. Un abrazo a todos y que lo disfruten. Alan.

        
         Querido profesor, lamento estar interrumpiendo posiblemente alguna cosa en la que esté ocupado, pero creo que es relevante el hecho que quiero comentarle al ser la ciencia tecnográfica también un estudio sobre la vida.
          La historia comienza un viernes de fecha 23 de agosto, en una tarde azulada de invierno, cuando me encontraba caminando cerca de lo que queda del parque de la ciudad. A medida que oscurecía el cielo, la vereda que acompañaba a la avenida Coronel Roca se tornaba más fría y peligrosa, sintiéndome yo un niño indefenso a punto de perder la sangre y la billetera en el suelo. Yo caminaba lentamente, recordando algún amor amargo de esos que llenan un poco el pensamiento cuando uno tiende a no tomar las riendas de la vida. De pronto me encontré con una especie de río que, por lo que sé, desemboca en el Riachuelo; su olor podría describirlo mencionando dos cosas: un perro muerto de hace cinco o seis días, al cual nadie le tiene suficiente respeto como para sacarlo de la vista y el olfato de todos, y lo que provoca la idea de perder en un segundo toda la memoria de nuestras vidas, hasta ser una hoja en blanco. Combinando estas dos imágenes se puede hacer una descripción total de aquel olor. Me detuve a mirar el río hasta que se hizo la noche. El río estaba inmóvil, lo detenía un pequeño dique ubicado bajo el puente de la avenida. En las aguas ya sólo se veía el reflejo de las luces de la ciudad. Otro puente, a lo lejos, marcaba el fin del río (tal vez con otro dique debajo). Era increíble: un río recortado por las manos del hombre. Veía pasar coches y camiones de carga en aquel punto contrario. Mi mente no era capaz ni de controlar mis propias palabras. El mundo era un todo cerrado sobre el que no podía más que reducirme a una mirada perpleja y pudorosa. Los mocos se me caían sobre los labios helados, pero yo seguía inmóvil ¿Qué clase de dios me dio la percepción y la vida? ¿Qué clase de hombre puede tener una expresión cálida en su rostro después de haber visto las estrellas tapadas por el humo de las fábricas?
         Di media vuelta para retirarme y me encontré con el rostro de alguien:

-Se te están cayendo los mocos, límpiate.- Me dijo.
     
      Al no tener pañuelo, me agarré la nariz con el índice y el pulgar como haciendo una pinza y me apreté la nariz, tomando los mocos con las yemas de los dedos, y luego los dejé pegados en las rejas que daban al río.

 -Lo que haces no es muy satisfactorio, después se te van a chorrear más, tenés que sonarte. Apretáte un hueco de la nariz y largá todo en el pasto. Es un asco, pero bueno, si ya estás embarrado…
Le hice caso. Me salió medio mal y me quedaron mocos en la cara, así que tuve que limpiarme de nuevo en el pantalón.

- ¿Pegamos la vuelta?

-Sí.- Dije.
       
         Empezamos a caminar para el lado del autódromo. El tipo había aparecido de repente y tomé el hecho como si nada. Parecía conocerme. Yo realmente no tenía memoria de cómo había llegado allí, sólo recuerdo que estaba caminando por aquellos lugares. Pero él se veía tranquilo y seguro de lo que estaba haciendo, como si nada anormal estuviese pasando.

-Decime… ¿Quién sos?

-¿Ya te olvidaste?- Respondió alterado (contrariamente a mis intenciones).- Somos amigos. Te cuesta captar la noción de amistad, me preguntas estas cosas a cada rato. Es como si desaparecieras por momentos en tus pensamientos o lo que sea, y luego intentaras volver a la tierra. Te tengo que llevar como un nenito a su globo.

-Se ve que ya me olvidé. Miro hacia atrás y no se dónde estaba. Ahora miro hacia adelante y es como una hoja en blanco que me espera, una hoja en blanco con forma de avenida que se dirige a la General Paz. Mejor dejo que me sigas llevando, pareces alguien honesto.

-Exactamente eso es la amistad. Somos dos compañeros de viaje que se confían sus tiempos y sus vidas sin más argumento que el de que nos parecemos honestos. Tal vez yo sea un judío y no te lo haya dicho, y lo único que pretendo es salvarme a mí mismo las papas mientras pueda, utilizándote para mis planes macabros. Hay muchos "talveces", pero nosotros nos parecemos honestos.
        
      Seguimos caminando. El fin ya era obvio, llegábamos a la General Paz y nos despedíamos. Yo me tomaba algún colectivo recomendado por él y me volvía a mi casa. Pero no era el punto. Algo había cambiado, se había disipado el ensueño de la existencia (en el sentido más real de existencia: una piedra existe al igual que nosotros, no hay distinción alguna más que la angustia que sentimos). De repente lo único que hacíamos era divertirnos un poco y ver cómo pasaban los autos o cómo al Gobierno de la Ciudad no le importaba en lo más mínimo esa zona de Buenos aires (de hecho, ahora que me acuerdo, habían construido un puestito de médicos en una plaza de Lugano en el que decían algo así como “el médico viene a tu barrio”, una inversión demagógica para evitar construir hospitales y gastarse la plata en “cultura”). Era una especie de Nosotros que no se trataba de distinguirnos del resto en forma de clases sociales, tribus urbanas, clubes, etnias, etc.; sino que era una sociedad muy frágil que, de hecho, ya tenía su final predicho a unas cuadras de distancia. El resto ya usted lo puede deducir: días después arreglábamos encuentros o cosas así, pero ya los dos estábamos en otra.

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